miércoles, 9 de mayo de 2012

Posibilidades del análisis


Definitivamente encontrarse con un texto puede cambiar la perspectiva de las cosas. Faltaba una hora para entrar con JMM y traía conmigo Crónica de la Intervención de Juan García Ponce. El capítulo que seguía, en mi detenida y lenta lectura, tenía un título sugerente: Posibilidades. Nadie me advirtió, ni siquiera el autor, qué era lo que encontraría en esas páginas. (El estilo de GP no permite advertir de qué tratará el capítulo siguiente, ni mucho menos quién era el personaje principal que hablará o será hablado). Con una precisión de pronto matizada y alejada de la realidad, vino la identificación.

El analista reproduciendo la grabación del análisis de María Inés. Reproducción del habla de una mujer que se hace a partir de los demás, según su propia descripción. Un habla que se lee para nada titubeante y sin embargo, que se va dispersando en los entresurcos de su discurso. Me explico: un discurso continuo, según la lectura, con dos o tres pausas pero sin una linealidad temática. Una vuelta a sí misma en tiempos diferenciados y desde otros(as) personas con las que se relacionó, aquéllos que configuraron distintas mujeres –niña, hija, novia, amante, esposa–. Con cuestionamientos que ella misma se responde y ante las pocas intervenciones del analista, el habla dicho inicialmente y escuchado por segunda vez continúa. Pero había una libertad disfrutable: la sexual. Espacio en que se dejaba ser por los otros. Aceptar que era ninfómana y en ello se hacía a sí misma.

Soy la que fui, la que soy y la que seré, aunque las últimas me estén vedadas. Un análisis que me hizo re-pensar el mío.

domingo, 15 de abril de 2012

Comfortably Numb

Hello? Hello? Hello?

Is there anybody in there? 
Just nod if you can hear me. 
Is there anyone at home? 
Come on now 
I hear you're feeling down. 
Well I can ease your pain 
Get you on your feet again. 
Relax. 
I'll need some information first. 
Just the basic facts. 
Can you show me where it hurts? 

There is no pain you are receding 
A distant ship smoke on the horizon. 
You are only coming through in waves. 
Your lips move but I can't hear what you're saying. 
When I was a child I had a fever 
My hands felt just like two balloons. 
Now I've got that feeling once again 
I can't explain you would not understand 
This is not how I am. 
I have become comfortably numb. 

O.K. 
Just a little pinprick. 
There'll be no more, ah! 
But you may feel a little sick. 
Can you stand up? 
I do believe it's working, good. 
That'll keep you going through the show 
Come on it's time to go. 

There is no pain you are receding 
A distant ship, smoke on the horizon. 
You are only coming through in waves. 
Your lips move but I can't hear what you're saying. 
When I was a child 
I caught a fleeting glimpse 
Out of the corner of my eye. 
I turned to look but it was gone 
I cannot put my finger on it now 
The child is grown, 
The dream is gone. 
I have become comfortably numb.


viernes, 9 de marzo de 2012

Mi primera vez


Transcurría mi día con normalidad. Había tenido un día exhaustivo, primero clase de posgrado, luego Teoría Pedagógica. Me dirigía a comer y esperaba llegar pronto. Mis acompañantes no pensaron que hubiera pasado algo, yo igual. No pasaron por mi cabeza posibles secuelas y el dolor no era insoportable… hasta que lo fue. Sentí el frío del hielo que me coloqué esperando reducir la inflamación hasta que se durmió la zona. El día siguiente transcurrió con poco movimiento y hielo cada hora. Pero mi pie no cedió y tuve mi primera vez.

Mi primera vez siendo inmovilizada por el yeso. No puedo relatar el dolor que sentí cuando acomodaron mi pie para que se formara correctamente la férula. No lo había sentido, ni lo quiero volver a sentir. Me molesta no ser autosuficiente, de ver que todo se mueve alrededor y uno sólo puede seguir con la vista. Las muletas ayudarán a moverme yo sola, pero ¡cuesta una infinidad de trabajo!

Di un mal paso y me puse un ‘estate quieta’, quizá lo necesitaba, un poco de descanso y consentimiento. A divertirme estando en reposo.


miércoles, 8 de febrero de 2012

Poco antes de que den las diez

Joan Manuel Serrat. Poco antes de que den las diez

Te levantarás despacio
poco antes de que den las diez
y te alisarás el pelo
que con mis dedos deshilé,
y te abrocharás la falda,
y acariciarás mi espalda
como un "Hasta mañana",
y te irás sin un reproche,
te perderé con la noche
que llama a mi ventana,
y bajarás los peldaños
de dos en dos, de tres en tres.


Ellos te quieren en casa
poco antes de que den las diez.


Vete.
Se hace tarde.
Vete ya...
Vete ya.


Y en el umbral de mi puerta
poco antes de que den las diez,
borrarás la última huella
que en tu cara olvidé.
Y volverás la cabeza
y me dirás con tristeza
"Adiós" desde la esquina
y luego te irás corriendo,
la noche te irá envolviendo
en su oscura neblina.


Tu madre abrirá la puerta,
sonreirá y os besaréis.
La niña duerme en casa...
y en un reloj darán las diez. 


lunes, 23 de enero de 2012

A puerta cerrada

Desde el 8 de septiembre del 2011 no había escrito para esta plataforma. Sin poder dormir, las razones iban desde la pérdida de la realidad hasta la inmersión más absoluta en ella. ¿Será que habré cerrado frente a mí la puerta a la realidad? O ¿quedó cerrada tras de mí habiéndola cruzado? Fueron ambas. Un vaivén que duró hasta las inevitables ganas –ojo, que no exigencias– de escribir. –Estoy tentada a escribir que deseaba ver en papel lo que se me viene a la mente, haciendo que mi mano, empuñando la pluma, repita con tinta haciendo surcos negros en el blanco. Pero tendría que admitir que mi mano fuera una extensión de la pluma que no tengo, y pensar que mis dedos escurren la tinta que no mancha. Es un darme cuenta que sólo estoy frente al ordenador–.

Cerré la puerta frente a mí, pues quise armar de ficción la realidad. Darme tiempo de soñar aún sin dormir, pensar más allá de las referencias. No me cuestiono si, entonces, quedé en la obscuridad o más bien la teñí de luz. De cualquier manera la ceguera me acompaña desde siempre y las gafas sólo la esconden cuando han sido capaces de seducirla. Cerré la puerta detrás de mí una vez atravesado el marco. Sin duda lo hice. Pero ya no sé qué realidad me recibió en sus arcas. Las bondades me fueron dadas a manos llenas y la ficción se confundió. No más lo estoy yo. Una realidad ficcionada que cierra la puerta a la realidad o una ficción realizada que cerró la puerta a la realidad ficcionada.

De todas formas, he decido más bien dejar la puerta a la realidad abierta. Pues parece que es en su marco en el que la realidad se esconde. Dejaré que se abra para uno o para otro lado.



jueves, 8 de septiembre de 2011

Expresión del placer

Llevaste los dedos hacia la ranura con suma delicadeza y después de un poco de presión, flexionaste tu brazo llevándote a la boca lo que obtuviste. No podía percatarme del contenido. Mi vista fue deficiente y aquello me era indescifrable. Me acerqué más a tu cuerpo. Vi que tu palma transitó hasta donde emana tu aliento, que se entreabrió como cuando me diriges la palabra. Pero tu silencio se enmarcaba por el ruido ajeno. Recordaba ese olor de tantos tiempos. Para ti era cual perfume, embriagante. Apretándolos entre sí, para luego abrirlos un poco, tus labios me fueron la expresión del placer. 
-ICA-


jueves, 11 de agosto de 2011

Crónica de las precauciones vespertinas

Él tenía una libreta. Calendarizaba cada una de sus atroces actividades. Escuché cada una de sus hazañas. El monopolio que mantenía en gran parte de la ciudad y las zonas aledañas era impresionante. La captura de “la mano con ojos” era relatada en el radio mientras viajaba a casa en el taxi. Sin duda creían haber capturado al más grande asesino de los últimos tiempos, y las autoridades se vanagloriaban en discursos vacíos de haber tenido la capacidad en sus cuerpos de inteligencia para dar con él… claro, habiendo allanado dos viviendas previamente sin encontrar nada. Especialmente la de un poeta que ahora cuenta lo sucedido por mensajería aviaria, el medio más eficaz de difusión rápida en los últimos tiempos. Como si no supiéramos que las organizaciones trabajan en pirámide y que, dislocando a su jefe, alguno más abusado se colocará por encima. Las instrucciones son muy claras: matar a una hora designada por causales determinadas de antemano. Llevaba una cuenta de más de 600 muertes a mano fría. Ya no se juega con pistolas (de hecho nunca se hizo pero ahora su uso es más extendido y cruel), el avance de las armas se hace patente en su cada vez más sofisticado nombre y el funcionamiento descabellado de quienes las usan.

Mis oídos no daban crédito a lo que oía. –Se evitaron 300 muertes que estaban en puerta– decía el locutor. La incredulidad es inevitable, en esa medida, quizá espere a que esas muertes tengan lugar próximamente aunque sea otra mano la responsable. Un miedo terrible se apoderó de mi cuando vi que el conductor desesperadamente buscaba su teléfono móvil tratando de localizar a alguien. –Hola Mary. Perdón, Mauricio, ¿No está tu papá? ¿Tu mamá?, se fue a correr al faro, dile a tu papá que en cuanto llegue me marque– dijo mientras movía la cabeza indignado por cada frase que salía de las bocinas improvisadas en el tablero. Aquello me parecía algo relacionado con quien rendirá declaración ante el ministerio público toda la noche, o sería mi paranoia (a estas alturas a eso se le llama tomar precauciones). Traté de buscar los elementos de seguridad… sí, como en los billetes. No había elementos que cambiaran de color ni registros coincidentes. Volteé a ver la cédula en mi ventanilla del lado derecho, anoté el nombre del responsable del volante, dudé de que la foto correspondiera a quien tenía enfrente de espaldas. Me fijé en el número asignado por el sitio: 66, desconociendo por supuesto si existe un control serio sobre ello. Seguía fielmente a mis indicaciones para llegar a casa, pero cualquier titubeo del volante me hacía temblar. Dio vuelta por fin en mi calle y algo de tranquilidad me sobrevino. Sin embargo, al pagar, tuve miedo de que pudiera sacar algo de su bolsillo y atacarme, o que se fijara en dónde vivía para futuras ocasiones. Más miedo se apoderó de mí cuando al abrir la puerta del coche dijo –Que dios la bendiga–.

Probablemente no sea la única a la que esto le ha ocurrido. Pero no sé qué pasa con las personas con las que diario me encuentro. Hoy fui testigo de gran cantidad de agresividad, desesperación y “precauciones” que se toman. No estoy en condiciones de decir que sea absurdo (lo anterior da muestras de ello), pero los motivos que lo incitan podrían serlo. Particularmente el metropolitano por las tardes no es el lugar más vacío de la ciudad, ni el más tranquilo. Estando en una de las estaciones terminales, atiborrada de mujeres en la sección destinada para ellas, me incorporé en una fila eterna buscando quedar lo más cerca posible a una de las puertas del primer vagón. Usando bolsas, bultos y el propio cuerpo los empujones no se hicieron esperar al tener el transporte enfrente. Las caras de satisfacción de quien lograba sentarse es imposible que las describa. Veía en ellas un dejo de felicidad por la victoria en la competencia, pero que no correspondía a mitigar su cansancio yendo sentadas, sino por poder ver a las demás desde abajo (al contrario de lo que normalmente aplicaría). Las que estaban arriba, en pie, volteaban abajo con insultos que se tenían que tragar pues nadie era responsable de su situación más que no conocer las astucias para conseguir lugar (saber en dónde llegan las puertas, ser lo suficientemente agresiva como para que te teman y te dejen pasar de filo, saber hacia dónde empujar a las demás para llegar al lugar apropiado en el vagón, pero sobre todo, tener la suficiente paciencia para esperar el siguiente o humildad para aceptar la derrota).

Se llenó tanto que las cosas iban empeorando. –Es el calor el que hace que uno se enoje y reaccione así– dijo una señora después de ver cómo todas se quejaban por ir cuerpo contra cuerpo. – ¿Por qué no se van en taxi? – respondió otra más. La más grande preocupación de todas era el aplastamiento que sufrieron dos niñas, que sus madres intentaron utilizar para sentarse. –No puede ser que haya mujeres inconscientes que no le den el lugar a las mamás que traen a sus hijos–, –Déjenle el lugar a la señora con la niña–, –Para eso están los lugares reservados–, –Se hacen las sordas–, escuché que gritaban sin lograr que alguien se moviera (de risa, pues, aunque quisieran, era prácticamente imposible moverse ahí adentro, sin contar que las niñas ya estaban bastante grandes como para poder sostenerse de pie sin asfixiarse contra la espalda de las pasajeras). Pero me pregunto si realmente esos gritos de reclamo se debían a la procuración del bienestar de las niñas o al placer de quitarle la victoria a alguien que estuviera sentada.  

No sé qué me aterró más: pensar que no saldría en la estación de mi destino sin haber sido acribillada por alguna mujer aferrada, que tal vez no llegaría a casa sin que el conductor me hiciera algo, saber que hay asesinos que no trabajan solos que saben perfectamente cuál será su próxima víctima en la ciudad o que pueden irrumpir en mi casa en cualquier momento buscando armas para pedir disculpas después.

¿Será que necesito mi dosis de pulsatilla?