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lunes, 21 de marzo de 2011

En busca de mi comunidad de diálogo

Sabido es que en los eventos académicos la posibilidad de diálogo queda mermada por la presunción de ser los únicos que entendemos lo que sucede en nuestro trabajo. Me queda claro que yo la tengo aún más difícil, pues he optado por servir a dos amos y como dicen, con alguno o ambos siempre se queda mal. Esto no se debe al trabajo que uno realiza sino a cierta exclusividad por lo que se construyen muros de una supuesta especificidad.

La pedagogía y la filosofía comparten desde siempre una extraña relación, no desconocida pero sí desvalorizada. Tengo el gusto (no sé si la habilidad) de servir a ambas. Intento formar parte de esos intersticios en los que ambas se tocan y que son, en sobradas ocasiones, tierra de nadie.

Sin embargo, haciendo lo que todo estudiante debe hacer (léase preparar ponencias para congresos) presenté a finales del año pasado un pequeño trabajo en el que pongo de manifiesto la relación que existe entre la hermenéutica y la pedagogía y la que creo puede haber entre ellas. El primer congreso fue de pedagogía y el segundo de filosofía, ambos dieron acogidas distintas a mi trabajo.

Mi mayor miedo era someterlo a los filósofos, pues creía que despreciarían todo aquello que huele a foamy (al no tomar con seriedad a la pedagogía). Pero también sentía que mi punto débil era la propia hermenéutica por lo que frente a expertos tendría que aventarme por la borda. Tenía más confianza de hablar del tema con mis ya antiguos colegas. Algo me hacía suponer que podía ser interesante para los pedagogos enterarse de una veta de investigación que tiene mucho que decirnos sobre nuestra disciplina. ¿Cuál fue mi sorpresa?

En el congreso de pedagogía los trabajos que se presentaron fueron por mucho alejados a mis pretensiones. El enfoque filosófico, o por decir algo, teórico (que sigo sin saber qué es), fue nulo y se me acusó –enmascaradamente– de ser de la gente que relega los problemas urgentes de la práctica por “chaquetas mentales” que de nada sirven. En ese momento quise renegar de mi gremio y me cuestione fuertemente si tenían razón, siendo yo a fin de cuentas la que nunca comprendió qué hacer ahí. A pesar de esto, volví la mirada a mi proceso de formación, recuerdo que, aunque en escasamente, sí tenía lugar el pensar del modo en que lo hago teóricamente.

Diferente pasó en el congreso de filosofía. La cuestión de la hermenéutica si bien puede desmarcarse de la filosofía y la pedagogía, ambas en la articulación pretendida recibieron retroalimentación. Los hermeneutas se mostraron interesados en aquello que de pedagogía pude hablarles, más allá de si hacía uso o no de sus herramientas, aunque sigue prevaleciendo una noción pre-reflexiva de la pedagogía que no compatibiliza con mi forma de comprenderla.

Sigo siendo y seré indefinidamente pedagoga, de esas extrañas que no se dedican a la planeación, capacitación, didáctica, gestión, etc., (como si la investigación y la docencia no requirieran nada de eso). Pero también seguiré formándome en filosofía. Dos cosas que trato de abordar conjuntamente y que me hace, hasta ahora, no encontrar una comunidad académica que de pronto pueda voltear la mirada y decirme algo de lo que hago. Unos por desprecio, otros por no comprender una parte(o filosofía o pedagogía) y otros por desinterés.

Espero que esto cambie pronto...


martes, 24 de agosto de 2010

Segunda semana

Me encuentro en un espacio familiar pero pisando una tierra extraña. Extrañada de mí y de lo nuevo. Había estado antes aquí, recorría los mismos caminos pero pensaba en cosas distintas. Todo dice mucho de un antes, ahora y después (conmigo o sin mí) pero que vuelve cada vez a permitirme observar (me) (te) (lo) y cuestionar (me) (te) (lo). Pasado y presente expresan algo de mí, de lo que creo o creí y de lo que me circunda. Veía rostros, ahora ni los distingo, o quizá sí, pero la rapidez los diluye, ninguno me hace detenerme. Algunos caminan al lado o comparten el aula pero se me han develado conexiones que ellos parecen no ver y si lo hacen parece no importarles ¿Quién se detendrá en pensar en cosas de “pedagogos”? Después de dos semanas parece que se muestran relaciones que se reducen o se vehiculan a través de las nociones de verdad, validez, conocimiento, razón, mito, logos… o simplemente se personalizan en los griegos ¿Y eso no tiene nada que ver con los “pedagogos”? Estoy cursando materias de primer semestre de filosofía, pero adelanto que debí haberlo hecho antes.


viernes, 9 de julio de 2010

La partida

La decisión está tomada, no hay marcha atrás. He hecho ya la mochila, he vuelto a guardar aquello con lo que llegué. Hace un poco más de tres años, aún lo recuerdo a la perfección. Un recibimiento cálido, pero también hostil, y yo plagada de expectativas e ilusiones que dejaba frente al ordenador de aquel cubículo. Tenía, si bien es cierto, una vista envidiable desde ahí, era espectadora de los movimientos más sutiles que se gestaban en torno a mis intereses pero también de muchos otros a quienes sólo les llegaba el impacto.

Coincidía en pasillos y escaleras con personas a quienes aún veo o recuerdo, todos testigos de la forma en que moldeaba –lo sigo y seguiré haciendo–.

Decir que estaba ahí era una llave maestra que abría infinidad de puertas, lo que antecedía o precedía a mi nombre (según fuera el caso) era mucho más importante puesto que hablaba al parecer de lo que sabía (pero supongo debía decir más de lo que ignoraba). Más que hablar de mí era mencionar lo que otros habían logrado, algo contra lo que no se puede luchar so pena de siempre quedar en el camino.

Siempre quise permanecer ahí, todo me era familiar: los temas de conversación, los recortes, las novedades, las personas, su peculiar forma de mirar. Llegué a ser capaz de distinguir las trincheras e incluso a ubicarme detrás o delante de ellas. Sin embargo, faltaba el disparo que me hiciera caer perdiendo de una vez por todas la razón por la que mantenía de pie: la esperanza. ¿De qué? Siempre fue incierto y nunca me percate de ello.

Ya en todo ese tiempo había emprendido un cambio, la mochila sólo la cargué unos cuantos pasos, nada más. Había atravesado una puerta que me ofrecía perspectivas distintas de las cosas pero seguía siendo la misma altura de siempre. Este cambio fue decisivo en lo último de mi estancia, conocí aún más lo difícil que es estar en el lugar que ensoñaba mientras leía sobre él.

Ahora las cosas son diferentes, cargo la mochila para cambiar de escenario, me parece más pesada que al principio. En algún momento quise que el cierre se descompusiera y no poder encerrarlo todo ahí, pero funcionó y esta vez seré cuidadosa en lo que dejaré salir de mi carga. Va llena de mí, de lo que quiero y lo que no también, lo que logré mientras estuve ahí, lo que esperaba, nunca llegó y he dejado de esperar. El peso es por lo llena y vacía que me pareció al cerrarla.

Las puertas que dejé me parece quedaron entreabiertas con la seguridad de que al volver ya no será lo mismo, esas puertas conducen a muchas más que quiero recorrer aunque trataré de llegar a ellas desde una nueva.

jueves, 17 de junio de 2010

Claro-oscuro

"Un hombre sensato se hará la reflexión de que la vista puede ser turbada de dos maneras y por dos causas opuestas: por el paso de la luz a la obscuridad, o por el de la oscuridad a la luz; y aplicando a los ojos del alma lo que acontece a los del cuerpo, cuando la vea turbada y embarazada para distinguir ciertos objetos, en lugar de reírse sin razón de semejante perplejidad, examinará si proviene de que descienda de un estado más luminoso, o si es porque, pasando de la ignorancia a la luz, quede ofuscada por su fulgor excesivo" (Platón, La República)


La luz de gran incandescencia produce un efecto óptico que reconocemos como “deslumbramiento”, es decir, una pérdida momentánea de la vista, pero que refiere también a la obnubilación producto del encanto por alguna cosa. Este efecto, más notable cuando se sale de la oscuridad o bien se entra en ella, provoca “ilusiones”, en tanto percepciones erróneas, o bien “ceguera”, es decir, la imposibilidad total para ver.

Haber estudiado pedagogía (e intentando seguir haciéndolo) para tener una mirada sobre la educación implicó haber vuelto la cara hacia la luz. En ocasiones me encuentro deslumbrada, llena de "ilusiones", frente a mi objeto confuso, puesto que parece llegar a mí entre sombras, debido a la manipulación que otros hacen de él. La tesis que presenté como la culminación de un tramo del trayecto está llena de aproximaciones en claro-obscuro, producto del “deslumbramiento” por las reflexiones teóricas y filosóficas que se abordaban y que me dejaban ver sólo algunos destellos y negruras (mi saber e ignorancia). Hundida en la penumbra por la limitación para ver la luz de frente, no sé en qué parte de la caverna me encuentre.

Cuento ya con una deficiencia visual, hipermetropía para ser precisa, y mis ojos están corregidos por unas gafas, mismas que me protegen de ciertos resplandores y me permiten ver con claridad algunos aspectos incluso no visibles por los demás. Sí, hablo de mis lentes de graduación, pero también de aquellos que como pedagoga porto y me aclaran cosas a la vista. Protegida o no, el próximo paso corresponde a recorrer la vía que se ha planteado para acceder a la luz: la filosofía. Lo que intento no es abandonar la pedagogía, sino verla de manera distinta (lo cual no sé si será jugar entre la sombra y la luz).

Me pregunto ¿Qué sucederá al encaminarme a la luz? ¿Modificaré mis gafas? ¿Me dolerán los ojos y querré regresar a donde me encontraba? ¿Las ilusiones me engañarán? ¿Podré restablecer mi mirada? ¿Se agudizará mi visión? ¿Quedaré ciega?

A pesar de las dudas, la quiero ver, para ello he abierto la puerta.
(Cualquiera dirá: una caverna carece de puerta, pero yo la había colocado)